Toponimia en el Panhispánico La falta de criterio de la RAE en el Diccionario panhispánico de dudas
Revisado: 2007-07-03
Con el reciente Diccionario panhispánico de dudas, la Real Academia
ha producido una de sus mejores obras, muy superior a otras obras
normativas como el Diccionario y, sobre todo, la Ortografía. A pesar
de sus virtudes, sin embargo, no está exenta de deficiencias, sobre
todo cuando trata sobre asuntos que no son su especialidad ni pueden
serlo, como la toponimia extranjera. ¿Cómo puede la Academia española
regular la escritura de otras lenguas? Pues lo cierto es que lo hace,
sobrepasando así lo que son los límites razonables de una institución
reguladora de la lengua española, que debería limitarse a aquellos
topónimos que son tradicionales, es decir, que han evolucionado en
nuestra lengua de forma independiente de la original para adaptarse a
su fonética y ortografía. En este artículo se consideran algunos
topónimos.
Yangtsé
Dice de este hidrónimo: «Forma tradicional española del nombre del río
que desemboca en el mar oriental de China». Pero no hay tal forma
tradicional, como uno debería advertir rápidamente al ver el grupo
consonántico «ngts», imposible en español. En efecto, en España se
han podido encontrar formas como Yangze, Yang Tse, Yang-tsi, Yang
Tse-Kiang (sic) y otras muchas variantes, así como el calco «río Azul»
del nombre inventado en Francia. Es lógico que así sea porque
históricamente España no ha tenido más contactos con la China que unas
pocas ciudades comerciales como Cantón y las zonas costeras, y aun
así de forma limitada. De adoptarse una castellanización podría
ser Yansé, por ejemplo, pero dado que no existe forma
tradicional en español, cabe pensar que debería adoptarse la grafía
original china de Yangzi y no simplemente el nombre tradicional en
inglés (o uno de ellos), como ha hecho la Academia.
Bielorrusia
El diccionario dice: «Forma española del nombre de este país de
Europa». Se supone que se refiere a la forma tradicional, pero de
nuevo no es así: el nombre tradicional español es Rusia Blanca, que en
la época soviética se reemplazó por un híbrido entre ruso y español
por petición de las autoridades del país para evitar posibles
asociaciones con la Rusia zarista (que era «blanca», frente a
soviética, que era «roja»). Con la independencia, el país ha pasado a
denominarse Belarús, un nombre de nuevo cuño a partir de Rus, que
designa un antiguo principado eslavo (y un pueblo) y con el que se
formaría posteriormente el nombre de Rusia; de él también deriva
Rutenia, que sería el equivalente español del belaruso Rus. El
objetivo era no incluir en el nombre referencias directas a Rusia y
para ello se adoptó incluso una ortografía que fuera
morfofonéticamente ajena al ruso. La Academia sostiene que «No hay
razón para sustituir la forma española por la transcripción del nombre
vernáculo Belarus», pero ni Bielorrusia es la forma española, ni
Belarus es Bielorrusia en belaruso, como parece deducirse de este
artículo (en todo caso, sería Rutenia Blanca); desaparecida la Unión
Soviética, no parece razonable mantener el nombre artificioso que se
impuso en su día y que para un belaruso puede resultar incluso
ofensivo.
Míchigan, Ámsterdam
En el artículo sobre Míchigan (sic) leemos: «Puesto que el nombre de
este estado [...] no plantea problemas de adecuación al sistema
gráfico del español, puede incorporarse a nuestro idioma colocándole
la tilde que le corresponde a la palabra esdrújula». La Academia, al
establecer normas ortográficas de aplicación en nombres ingleses (!),
da un importante salto atrás en su acertada doctrina de respetar los
topónimos extranjeros y que Casares explicó con una claridad meridiana
en la Ortografía de 1952: «No poca tinta ha hecho correr desde hace
más de un siglo la peregrina regla que dispuso acentuar gráficamente
los nombres extranjeros. [...] Al que sepa y quiera pronunciar un
nombre extranjero con arreglo a la fonética original le estorbará la
tilde académica, por cuanto puede dar a dicho nombre una fisonomía
grotesca: Býron. Al que no sepa, nada le ayudará el acento gráfico; y
si ha de leer el nombre extranjero a la española tanto da que
pronuncie, por ejemplo, Wórcester, como Worcéster o Worcestér, puesto
que en ningún caso se aproximará a la realidad: Uúster» (págs. 92 y
93). Los que pronuncian Amsterdam con la última sílaba tónica verán
ahora con sorpresa que la Academia impone la forma esdrújula Ámsterdam
simplemente porque «está generalizada»; es decir, según la Academia,
pronunciar un nombre propio neerlandés en neerlandés es incorrecto.
Zimbabue, Ruanda
La primera es la «forma adaptada a la ortografía y pronunciación del
nombre de este país de África. [...] Se desaconseja el uso en
español de la grafía inglesa Zimbabwe». Como ya digo en Toponimia africana, Zimbabwe no es una grafía
inglesa, ya que el grupo bw sigue las normas de las ortografías
africanas en las que representa una b labializada, sonido que no
existe en inglés ni en español. Un caso similar es el de Rwanda,
nombre autóctono de esta antigua colonia belga francófona, del que
dice: «No debe usarse en español la grafía inglesa [sic] Rwanda».
No todo son sombras en el Diccionario panhispánico de dudas. Hay que
felicitarse de que este diccionario recupere la forma tradicional del
archipiélago de las Palaos, aunque yerra cuando afirma que «No deben
usarse en español ni la forma inglesa Palau ni la local Belau», ya que
originalmente Palau era la forma alemana y no la inglesa, que es
Pelew. También hay que agradecer que opte decididamente por Malasia
y no por Malaysia (o su adaptación Malaisia), nombre con el que desde
hace al menos un siglo se conocían en inglés los territorios habitados
por los malayos y que, tras caer en desuso, se recuperó como nombre
oficial del país en 1963; puesto que en español ese territorio siempre
se ha conocido como Malasia, sin que cayera en desuso, lo adecuado es
seguir con él (como hace el propio país en su embajada en España) y no
introducir el nombre inglés. También son aciertos sus recomendaciones
sobre Maguncia en lugar de Mainz, Aquisgrán en lugar de Aachen o
Aix-la-Chapelle, Astracán en lugar de Astrakhan y Túnez en lugar de la
invención francesa de Tunicia.
La conclusión final, sin embargo, ha de ser una sombra, una gigantesca
sombra. Se ve claramente que la Academia se ha dedicado a adaptar
algunos topónimos sin que haya tras ello un criterio unificado
producto de una seria investigación sobre el problema. Cada topónimo
se considera ad hoc y así nos encontramos con contradicciones
importantes: por ejemplo, Taiwán es una hispanización correcta, pero
al tiempo desconseja Zimbabwe, por lo que la w es aceptable en unas
hispanizaciones y en otras no; Rwanda no se debe usar, pero Zimbabwe
sólo se desaconseja. Si hubiera que buscar una deficiencia real no
serían los ejemplos concretos que he expuesto con anterioridad, lo que
en el fondo es anecdótico, sino la completa falta por la Academia de
un estudio sobre toponimia y, como consecuencia, su falta de criterio
y su intervencionismo en las normas ortográficas de lenguas
extranjeras, algo en lo que no parece que tenga mucho que decir.
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