Versión: 1.1. 2011-09-21.
La nueva Ortografía académica, publicada en diciembre del 2010, es una obra de gran extensión (en algunos círculos se la llama el «ortotocho») y supone un importante avance tanto por el detalle de las descripciones como por su planteamiento de concepto, que empieza a tener en cuenta el uso, aunque probablemente le quede por andar.
En este artículo trato algunas cuestiones que a mi entender podrían contribuir a mejorar la obra en sucesivas ediciones, en las que, esperemos, las premuras para la publicación no dañen el resultado, como es evidente que ha ocurrido en esta (preparada en un tiempo récord, pero con muchos flecos sueltos).
Para empezar, diré que comparto la mayoría de las novedades relativas a las cuestiones convencionales que afectan estrictamente a la ortografía de las palabras españolas en la lengua general (no especializada), tal vez con la única salvedad de los prefijos, con complejas normas de díficil aplicación y que no responden a ninguna necesidad real. Los avances en temas más especializados, como en ciencia, son importantes, pero en las romanizaciones le hace falta un buen pulido.
Me parece especialmente acertado por su coherencia general el capítulo de acentución gráfica, aunque haya puntos discutibles (entre los cuales no incluyo, por cierto, el acento de «guion», vestigio de una norma antigua y correctamente suprimido porque pocas personas lo entendían).
Creo que no descubriré nada a la comisión que preparó la Ortografía con este apartado, pues es evidente que las enormes deficiencias se deben a la premura en la edición y no a un diseño intencionado.
En una obra de referencia como esta es importante cuidar el acceso a la información, y esta Ortografía es todo un compendio de lo que no hay que hacer. La Ortografía se ha presentado como una obra amena, y bien está que sea así, pero no es una novela y lo importante es que sea clara y accesible. Puede que resulte más amena su lectura, pero se trata de una obra de referencia y por tanto no es de lectura lineal, sino de consulta rápida para resolver tal o cual duda.
Estructura en secciones. Folios
El texto está estructurado en 9
niveles de secciones. Incluso las normas de la ISO, que tanto gustan
de estas jeraquías, no pasan de 5. Además, la información en los
folios omite el número del capítulo, que es una deficiencia importante
porque las remisiones se hacen a los capítulos (con la tecnología
actual, las remisiones se deberían hacer también a la página).
Los folios de la página impar se basan en el nivel inferior, y así vemos en la cabeza de la izquierda «La representación del acento: el uso de la tilde» y en la correspondiente de la derecha «Con otros valores»; y uno se pregunta: ¿con otros valores de qué con relación a qué? Yendo hacia atrás página por página vemos que se refiere a la escritura sin tilde de palabras «cu» («que», «cuando», etc.) cuando no funcionan ni como relativos ni como conjunciones.
Índice general
El exceso de niveles y el poco cuidado en
establecer una correspondencia entre la importancia de los temas con
los de las secciones hace también difícil el uso del índice general
(además, muy pobremente diseñado). Así, el calderón, el diple o la
llave están más destacados que la coma o el punto, y en el índice
parcial que abre el capítulo (p. 277), estos dos últimos signos ni
siquiera se mencionan.
Índice alfabético
No hay. Punto.
Ejemplos
Los ejemplos no se tratan de modo uniforme y casi siempre aparecen en
cursiva, lo que hace imposible saber si realmente pretenden aconsejar
este estilo de letra. Deberían tomar nota de lo que hacen manuales de
estilo como el de Chicago o el de la Imprenta Nacional de Francia,
con ejemplos mejor diseñados: exentos y de cuerpo menor.
Cuadros
Deberían darse como cuadros las listas de las páginas 603 y 610-611,
entre otras muchas, o al menos no enumerar los casos como texto
corrido (están hacia el final del libro: ¿tal vez por las
premuras en la publicación no les dio tiempo?). De hecho, varias
partes del texto ganarían mucho si la información se diera en
cuadros.
Redacción
Entremezcla libremente las normas con sus explicaciones cuando debería
ser más sistemática y adoptar una estructura más previsible y lineal,
como la habitual de motivación, norma, explicación y observaciones
(como aclaraciones, notas históricas, casos especiales...). A menudo
es imposible saber qué es norma, qué es información o simplemente qué
se quiere establecer. Por ejemplo, tras leer varias veces la sección
sobre latinismos, he sido incapaz de llegar a ninguna conclusión.
Información preliminar
La información preliminar esta redactada como si se tratara de un
prólogo, cuando debería ser más esquemática, de modo que se pueda
encontrar de un vistazo las convenciones tipográficas seguidas (y con
ejemplos). Así, uno podría saber rápidamente por qué unos ejemplos
van en cursiva y otros entrecomillados. (Por cierto, el mismo
problema, pero elevado al cubo, se da en la Gramática.)
Tal vez por el antecendente de la polémica reforma ortográfica francesa de principios de los 90, esta Ortografía se basa en recomendaciones en lugar de normas estrictas, para que sean los usuarios de la lengua los que tengan la última palabra (al menos, en teoría). Sin embargo, no por ello se debe relajar la presentación ordenada.
Vaguedad
Sin pretender la rigidez de las normas ISO, debería
especificar con más claridad qué es norma, qué es recomendación y qué
es información (véase la parte
2 de las directrices de la ISO, anexo H). Es difícil saber qué se
quiere decir realmente con el extenso uso de válido, no se censura, se
acepta, se desaconseja, es adecuado, no hay razón para, es impropio, se
escribe, el uso ha impuesto... Son de interpretación
problemática el verbo «poder», que en español es algo ambiguo (¿autoriza u
obliga?), y el presente de indicativo (algo como «se escribe»,
¿expresa una norma o constata un uso?).
Estilo
Con la idea (loable) de ayudar lo más
posible ante las posibles dudas, la Ortografía ha decidido incluir
mucho material propio de manuales de estilo, que no puede ser
normativo porque se basa en las necesidades concretas que pueda tener
un escrito (por su contenido y por su forma). Pero como no se
delimita bien qué es norma y qué es información, muchas personas
consideran que esas directrices son de obligado cumplimiento en
cualquier situación.
No se trata, como a veces se pretende, de que donde dice A debería decir B. En materia de estilo no es o A o B, sino que en función de cada caso puede ser uno u otro. Pongamos un ejemplo: los nombres de los animales domésticos deben escribirse, según la Ortografía, en redonda, pero algunos autores han alegado que lo correcto es la cursiva. Pues ni uno ni otro, ya que puede depender de la intención de que, por ejemplo, el animal sea un personaje al mismo nivel que los humanos (pensemos en Tintín y Milú) o de si ha de distinguirse claramente de ellos. Es decir, es una decisión de estilo.
También en el capítulo de puntuación (en general excelente, por otra parte) se aprecia una imposición ocasional de criterios meramente estilísticos. Otro capítulo que tiene mucho de estilo es el de las mayúsculas y minúsculas; este punto se aclara, pero de pasada e integrado en las explicaciones preliminares del capítulo, que mucha gente pasa por alto.
Regulación de materias no ortográficas
Por explicarlo con un
ejemplo, está bien que la Academia diga que los específicos en toponimia van en
minúscula cuando son referenciales (como «islas griegas») y en
mayúscula cuando son denominativos (como «mar Muerto»). Sin embargo
entra en determinar en unos pocos casos si se trata de un tipo u otro,
algo que es propio de geógrafos y de hecho uno de los problemas más
interesantes en toponimia («¿cuándo pasa a ser «río salado» a «río
Salado»?).
Nombres propios extranjeros
Se regula su escritura, pero me parece tan obvio que casi da reparos
siquiera decirlo: ¿son las academias de lengua española competentes
para establecer la escritura de nombres de otras lenguas?
Antropónimos
También se regula su escritura, pero los nombres propios de persona
son, como su nombre indica, propios de esas personas, es decir,
pertenecen a quienes los llevan, ya sea legalmente, en el
correspondiente registro, ya sea el que se dan a sí mismos, según el
derecho a la propia imagen. Una institución privada no puede
reglamentar por encima de la ley y los derechos de las personas, más
que como mera recomendación.
¿Obra científica?
La Ortografía se ha anunciado como una obra científica. Bien está,
pues en los últimos años, gracias en buena medida al trabajo de la
Unesco alrededor de la creación de ortografías para lenguas de Asia,
América y África, ha dejado de ser ese apéndice de la lingüística que
defendía Saussure para convertirse en una disciplina conectada con la
pedagogía, la psicología o la sociología.
Sin embargo, toda obra que presume de científica debe venir acompañada de referencias y de estudios técnicos complementarios, y esta ortografía carece de ambos: ¿se han hecho estudios de comprensión en diferentes grupos de población?, ¿se han analizado los movimientos oculares en la lectura?, ¿se han tenido en cuenta los interesantes estudios hechos al amparo de SIL International?, ¿se han preparado estadísticas sobre errores ortográficos frecuentes?
Especialmente la introducción y las notas históricas de varios capítulos piden a gritos la mención de fuentes; por ejemplo, ¿cuáles son las «investigaciones recientes» citadas en la página 26 y otras?, ¿qué estudios avalan que las escrituras alfabéticas «exigen mucho menos esfuerzo» para su aprendizaje que las silábicas?, ¿es acaso original todo el estudio histórico?, ¿la exposición, esencialmente eurocéntrica y decimonónica, sobre la evolución de las escrituras es una toma de partido o es que no han consultado fuentes modernas?, ¿de dónde sale el dato (erróneo) de que en las otras lenguas de escritura alfabética solo se consideran letras los signos simples?
Son solo unas pocas preguntas a las que una obra científica debería dar respuesta con una bibliografía.
Normas de aplicación imposible: prefijos
Todo cambio ortográfico en una lengua de larga tradición escrita ha de
resolver un problema o de lo contrario se pierde más de lo que se
gana, y no digamos si se reemplaza una norma simple por otra de
aplicación imposible. Esto es lo que ha pasado con los prefijos (por
suerte, el único caso de este tipo).
Primero, se tiene que determinar si el prefijo se aplica a una «base pluriverbal», concepto que no se define y que es muy sutil y subjetivo. Luego, para una posible simplificación de vocales dobles, hay que ver si hay riesgo de confusión con otros términos, lo que exige un conocimiento vastísimo del léxico y poderes adivinatorios (continuamente se crean nuevos términos). Pero la simplificación solo puede hacerse si está generalizada en los registros cultos de la lengua oral: ¿y como puede saber esto un usuario corriente de la lengua? Cuando la persona que escribe ya ha hecho una investigación fonética entre millones de hablantes convenientemente elegidos, podrá escribir tranquilo su palabra sin temor a equivocarse.
Recuérdese: duplicar la vocal nunca es incorrecto y es una regla de inmediata aplicación, pero simplificarla puede (¡y suele!) ser incorrecto; es evidente que respetar la integridad de los prefijos es lo recomendable.
Material inútil
Por ejemplo, el comentario sobre los números de
Graham. Lo de menos son los errores que hay en su explicación:
incluso si fuera correctísimo, es algo que está de más en una
Ortografía.
Romanizaciones
Como ya digo al principio, hay mucho por pulir y se pueden apreciar
importantes deficiencias de todo tipo. Además, la información está
organizada de modo que se impide tener una visión global y se puede
interpretar de modo fragmentario. No faltan quienes, de buena fe,
incluso creen que es falta de ortografia no hispanizar los nombres
procedentes de escrituras no latinas.
Se puede ver un ejemplo de error de concepto cuando se dice: «la grafía que corresponde a su trancripción, sin hispanizaciones ulteriores» (p. 116). Parece dar por hecho que las transcripciones nos vienen dadas (del inglés o el francés) y que la adaptación al español ha de ser un proceso adicional posterior. Sin embargo, lo correcto es hispanizar directamente del original, evitando trascripciones intermedias. Es decir, lo que dice la Academia es justamente lo contrario de lo que los especialistas en romanizaciones recomiendan y practican. Este error se deja ver constantemente en el capítulo XX, y así, por no ir al original, se nos aconseja que «sikh» se hispanice «sij» (en todo caso sería «sik») o se establece que Gengis Jan es la forma que mejor se adapta a la pronunciación de este personaje histórico (sería más bien Chinguis Jan).
Estudios sobre ortografía
La ortografía moderna ha salido de los despachos para convertirse en
una ciencia experimental. La idea de que la ortografía es tan simple
como establecer correspondencias entre un sonido y una letra ha dejado
de tener sentido, porque ya se sabe que una cosa es los que los
usuarios de la lengua dicen u oyen y otra lo que consideran que dicen
u oyen.
Para puntos de vista más modernos sobre las relaciones entre la fonología y la ortografía, puede verse Phonological analysis, en especial los apéndices (en inglés). En el sitio de SIL Internacional hay mucho material sobre el desarrollo y la reforma de ortografías (la mayoría en inglés).
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