Castellanización de nombres propios
Revisado: 2006-10-01
Varios manuales de estilo proponen que los nombres propios procedentes
de lenguas cuyas escritura no es la latina (es decir, árabe, ruso,
tailandés, etc.) adopten una grafía castellanizada. Parte de las
motivaciones para la adaptación fonética de las formas escritas,
aparentemente, es de índole didáctica: puesto que el nombre original
tiene una pronunciación previsiblemente diferente a la que le
corresponde a la ortografía castellana, la idea es transformarlo en
una especie de pronunciación figurada. Este artículo intenta mostrar
por qué tal práctica puede considerarse incorrecta.
La información, los datos, son como son, y su manipulación debe tener algún
tipo de justificación. Los nombres tradicionales han servido durante
siglos para comunicarse y ya forman parte de nuestra lengua: Tomás Moro,
Londres, Almanzor, Bayona... Eso justifica que se preserven. En cambio,
no parece que haya razón para alterar los nombres nuevos, ya que con ello se
reduce la capacidad de comunicar. Los medios escritos, así, han dejado de
cumplir su función básica para ejercer una función que, a mi entender, no
les corresponde, que es la de orientar sobre cómo se pronuncian los nombres
(ya sea catálan, checo, ruso o árabe), o que en todo caso no puede
considerarse prioritaria.
En las adaptaciones se está dando por hecho que al lector medio:
1) le interesa la pronunciación de, digamos, nombres árabes o rusos,
2) sabe lo que es una transcripción y tiene capacidad para discriminar qué
nombres han sido castellanizados y cuáles no, y
3) aplica un criterio con lógica, teniendo en cuenta lo anterior.
A mi entender, ninguno de esos puntos es correcto.
1) A un lector medio lo primero que le preocupa cuando ve un nombre propio
es saber quién es o dónde está, según se trate, y leerá (visualmente) ese
dato de pasada, sin prestarle más atención. Después de todo, ¿qué
importancia puede tener para un lector la pronunciación cuando nunca va a
hablar con un ruso o con un árabe?
2) El concepto de transcripción (al castellano o no) es tan esotérico para
un lector medio como el de transliteración. Un nombre extranjero es tan
sólo eso, un nombre extranjero, no se planteará más cuestiones y ni
siquiera sabrá que los nombres se puedan tratar para facilitar la
pronunciación; un nombre es como es. Un lector avanzado tal vez tenga más
dudas, pero incluso así no creo que haya muchas personas, incluso los
buenos conocedores del problema, capaces de saber a simple vista si un
nombre está castellanizado o no. Yo, desde luego, sería incapaz en muchos
casos.
3) Si tiene que pronunciar (leer en voz alta) un nombre, lo hará como lo
oiga en televisión o como buenamente le salga según sus propios esquemas
mentales. Incluso un lector medio sabe que cada lengua se pronuncia a su
manera, dará por hecho que eso es así siempre, y aceptará sin traumas (y
asumirá) que, por ejemplo, John Wayne es Yon Huein.
Para una mejor defensa de lo dicho, vuelvo a John Wayne. Hace años, y
todavía en personas de edad, no era raro oír /jonbáine/. Bueno: ¿y qué?
Estamos pronunciando continuamente mal muchos nombres, a pesar de haberse
castellanizado, como Gorbachov (aproximadamente /guerbachóf/) o Dostoyevsky
(aproximadamente /destayéfski/). Con el sistema ortográfico de español es
casi imposible representar ni la mitad de los sonidos de otras lenguas,
entre otros algunos tan aparentemente inofensivos como la v. Otras veces
lo hacemos mal, porque nuestra d para un inglés es normalmente "th" y no
"d".
La idea de que con tales transcripciones estamos dando la pronunciación es
más ilusoria que real. Y si, en definitiva, con nuestra transcripción no
estamos dando ni la forma escrita ni la hablada, ¿qué sentido tiene? Si no
transcribimos, al menos tenemos correctamente la forma escrita, y si la
pronunciamos a la española, cualquier español nos entenderá. Véase si no
el ejemplo de Sarajevo, que se pronuncia con j sin mayores problemas.
Sobre la televisión o la radio, todo dependerá del interés de esa emisora
en tener una pronunciación cuidada. Incluso así, y si tenemos en cuenta
que a menudo las fuentes son escritas, esa preocupación se irá al traste si
los medios impresos filtran la información para castellanizar o eliminar
diacríticos.
Otro problema añadido es la diversidad de formas y la incoherencia. El
ejemplo de los jemeres es bastante ilustrativo. Originalmente es khmer,
que se castellanizó a jemer; ahora ya he escuchado a menudo yemer. ¿Por
qué? Porque normalmente la lógica (al menos la mía) dice que los medios
escritos preservan las formas escritas, y los medios hablados, las formas
habladas. Añadamos aquí otro problema adicional: en unas lenguas se adapta
pero en otras no (las que usan otras escrituras). Eso es incoherente y,
como ya he dicho, no se puede esperar que el lector sepa si la forma que ve
escrita se adaptado o no. Lo normal es que no se sepa, y así hemos pasado
de khmer a yemer. O vamos hacia atras, con adaptaciones como Tomás Moro,
lo que carece de sentido, o vamos hacia delante como hacen ya en otros
países (o seguimos manteniendo la incoherencia, que es la tercera
posibilidad). Nos guste o no, John Wayne no es un nombre español y nunca
lo será aunque lo escribamos en medio de un texto de español: es y siempre
será un nombre inglés.
Voy a hablar un poco de asunto desde la perspectiva de alguien que ha
trabajado en un medio hablado y no impreso. El medio era, además,
particularmente delicado, porque era una emisora de música clásica donde
los nombres raros abundan y donde, por si fuera poco, muchos oyentes
identificaban, por alguna razón, una correcta pronunciación de los nombres
con los conocimientos musicales.
Intentamos hacer un esfuerzo serio para pronunciar correctamente los
nombres, pero fue inútil. No contentos con lo dicho resultaba que entre
esa audiencia teníamos checos, polacos o suecos, que nos llamaban para
decirnos que el matiz de la r de Dvorak no era exactamente ese, o que tal
nombre era esdrúlujo y no llano. Por el contrario, nos llamaban aquellos
que, como nosotros, no eran políglotas y decían que no entendían los
nombres. Finalmente, optamos por pronunciar tal cual se escribe (salvo en
los casos más conocidos y con lenguas como el alemán, francés, etc.) y
explicar a los que nos llamaban nuestras motivaciones. Así, decíamos Bela
Bártok y todo el mundo lo entendía (aunque naturalmente no se pronuncia
así).
Para ello, escribimos un manual de estilo con orientaciones de
pronunciación; creo que un manual así es esencial en medios hablados.
El manual de Sinfo Radio daba traducciones de obras, pronunciación en
aquellos casos en los que se acostumbra a no traducir ([la fortsa del
destino]), y concluía con un apéndice sobre la pronunciación básica
del checo, polaco, italiano, etc. Además, teníamos la ventaja de que
los discos preservan las formas correctas de los nombres y carecíamos
de intermediarios preocupados por ilustrarnos. Pero era curioso que,
incluso siendo conscientes de que había una transcripción, las formas
castellanizadas se pronunciaran a veces a la extranjera, de forma que
Guenádi pasaba a Güenádi.
Este es, creo yo, el camino correcto: concienciar a los medios hablados que
es necesario cuidar la pronunciación y dar los medios para que se lleve a
la práctica. Dicho en otras palabras: los medios escritos deben ser
respetuosos con las formas escritas, y los hablados con las formas
habladas.
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